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viernes, 22 de enero de 2010

Falacias del amor y la belleza


Eso de que el amor te vuelve más linda tengo mis serias dudas. Después de sólo unos meses, el noviazgo te destruye. Si eras con tendencia a engordar te volvés un zeppeling y si eras flaca te ponés demacrada. El brillo de los ojos y la sonrisa pegada, me parece que te tiran para abajo. Reír el 100% del tiempo puede llevar a los demás a pensar, justificadamente, que sos una tarada importante, y el tema del brillo de los ojos da la impresión que estás bajo el efecto de algún alucinógeno, las 24 hs. del día.

Muchos y muchas, con la excusa de que están en pareja, y que lo importante es lo de adentro, se tiran a la vagancia –entre quienes me incluyo-. Excepcionalmente te pintás para salir, te calzás unos tacos o lucis un vestido, y menos aún, un pijama sexy. Como cada vez que querés renovar tu vestuario y le preguntás su opinión, él te dice sin mirarte y con el mismo tono que le responde a su madre “estás bien”, ya no te gastás en vestirte. Tus prendas primordiales pasan a ser la joggineta, las hojotas, una musculosa, que se complementan a lo sumo con unos aros si ese día te sentiste audaz. Él se mimetiza con tu estado de “arriba la comodidad abajo la seducción” y se la pasa luciendo ese short azul topo que ya no quiere saber más nada, con la remera de lycra de boquita, que lo hace traspirar mares en pleno verano.

La actividad física pasa a ser un recuerdo inalcanzable ya que te la pasás junto a tu novio, tirados frente al televisor en el sillón de tu casa mirando series, haciendo zapping o tratando de dilucidar la escena que muestra la película que compraste en el tablón que de tan oscura y trucha no se entiende bien qué ocurre. Las 15 cuadras que caminabas por día ahora se transformaron en 0, porque él siempre se ofrece para pasarte a buscar y vos no te podés negar. El deporte por excelencia es la comida y el músculo más trabajado es el bíceps derecho de tanto cortar salame y queso para preparar la picada. Ni hablar de ir al gimnasio o salir a correr, estas iniciativas fueron cambiadas por salidas con parejas amigas, que también están destruidas por el amor, que siempre giran en torno a ir a cenar o almorzar, por supuesto.

Otro de los clásicos síntomas de que el amor no favorece son los pelos. Él ya no se preocupa por afeitarse todos los días porque se cree que el amor pasa por conocerse tal cual, y se deja una onda salvaje que te mata pinchando. Vos, picarona, que descubriste que él está siempre dispuesto, te tirás a vaga con el tema de la depilación, porque estás aguantando ya que aún no están como para sacar. Horror!!!

La piel tersa y brillante de la felicidad que provoca el amor consiste en un mito. De tanto chocolate, picadas, comidas regionales, tu cara erupcionó a tal punto que pareces una púber cuyas hormonas recién despiertan. El tema del sol es otro factor ilusorio, porque de tanto estar tirados en el sillón tu tez se volvió blanca verduzca. Los aromas son otro tema delicado. Antes usabas el perfume importado cada vez que salías, para garantizar una conquista desde lo olfativo, pero ahora una vez que enganchaste usás la colonia más económica que no te dura ni una hora, para hacer durar el único frasco de la buena fragancia para ocasiones especiales que nunca llegan. Por su parte, él que se bañaba con perfumes y lociones para después de afeitar, ahora no usa ni talco para los pies.

Así la cosa, me da que al enamorarnos en lugar de ponernos radiantes y bonitos, nos revelamos en nuestro peor estado, quizá como una forma de garantizar la fidelidad, poner a prueba la pasión y el amor, y mantener ahuyentados a posibles amantes.

martes, 8 de septiembre de 2009

Hacete un curso

La competencia es furiosa. En muchos trabajos piden conocimientos de idiomas, informática, management, liderazgo, seminarios, especializaciones, masters, doctorados. Por supuesto, existe una oferta bien variada para cubrir tanta demanda de conocimiento. Pero… ¿ no se les está pasando la mano?¿ curso de pastillaje? ¿cocina macrobiótica?¿curso de ángeles?

Me parece que la gente está muy al pedo, o no quiere volver a su realidad y prefiere poner la excusa de un curso, que siempre queda mejor.

Curso de macramé, de punto a nieve para la cocina, de vitreaux, de reiki. Lo más asombroso resulta la cantidad de alumnos que tienen y el negocio que se armó alrededor de la formación.

Tan sólo en 4 meses, una clase por mes, te recibís de instructor de salsa y mambo, terapeuta de otras vidas, profesor de reiki, facilitador de milagros, maquillador artístico de muñecas barbies, y no sé cuantas otras cosas. Así, estos cursillos de corto plazo abarcan esa masa de gente, debo confesarlo que yo alguna vez fui de esa camada, que se aburre rápidamente de las cosas y que empieza clases de tango y abandona antes del mes porque ya se aburrió. Se aprovechan de esa debilidad, como es la falta de constancia, de perseverancia, y deciden ganarse unos cuantos pesos. Pero esto no es moco de pavo, como podría decirse. Después un inocente cree ir a atenderse con un terapeuta serio y termina en las manos de una Rímolo cualquiera.

Quizá esta obsesión por anotarse en un curso hasta para aprender a atarse con estilo los cordones de las zapatillas, tenga que ver con el mandato social de hacer “cosas copadas”, la reafirmación exacerbada de la individualidad y con la ilusión de que cuantos más cursos y seminarios figuren en tu cv más capacitado está uno para ¿resolver? las vicisitudes que la vida pueda presentar.

Lo más peligroso de esta tiranía de los cursos y seminarios es que se convirtieron en el refugio de solos y solas. Uno cree que va a distenderse de las preguntas incisivas de los familiares de porqué no estás de novia, y termina en las garras de una casamentera disfrazada de profesora de coaching ontológico que en lugar de explicarte sobre el sano liderazgo y preguntarte acerca de tus logros laborales, se la pasa tratando de engancharte con alguno de los solteros sospechosos (por depresivos, psicóticos o de personalidad exageradamente introvertida) que tenés de compañeros.

Pero no es cosa que estos cursos triunfen y maten la verdadera curiosidad. Esa que te hizo preguntarte qué bueno sería conocer más acerca de los mitos griegos, lo libre que se debería sentir una bailaora de flamenco al zapatear con esa fuerza o lo completa que te sentís cada vez que escribís, pintás, actuás, cantás y las ganas de seguir averiguando cuánto más podrías disfrutar. Por eso ahora yo me fijo bien, lo pienso aún mejor, y entonces sí me anoto. No es fácil distinguir lo bueno entre tanta abundancia. Suerte.

martes, 1 de septiembre de 2009

Derecho a la información



Dado que vivimos en la sociedad del conocimiento, no entiendo porqué a cierta gente le encanta escatimar información. Quizá sea por una cuestión de poder, como sucede con el gobierno o en el indec, pero en mi caso particular siempre tropiezo con personas que pareciera lo hacen por deporte, porque les falta una horneada o porque simplemente quieren cagarte la existencia.

Resulta difícil tenerles piedad dado que tenés la acertada sospecha de que no es la primera vez que “se olvidan” de decirte lo más importante. Sin ir más lejos, hace unos días un empleado de personal, me llama para pasarme fecha, lugar, hora y condiciones para realizarme el pre-ocupacional. Por supuesto, me indicó los requisitos para la mitad de los análisis y la otra mitad la supuse y basada en mi experiencia previa, me adelanté a las circunstancias en mi favor. ¿Pero qué si no hubiera hecho el ayuno correspondiente y llevado el frasquito?

Obviamente, los peores exponentes son los de la telefonía e internet. Te hostigan a cualquier hora de la madrugada, uno medio dormido accede al servicio supuestamente más conveniente de llamadas a larga distancia gratis, y resulta que después te viene una cuenta más cara que 800 llamadas a Singapur. Querés mandar una carta con ántrax para matar a todos los de telefónica, pero tras el instante de furia recapacitás y te decidís por un llamado. Después de pasear por 50 conmutadores, la colombiana macanuda de telefónica que responde a tu queja, a 50000 km de distancia desde donde la empresa te brinda el servicio, te comenta que la promoción tenía un límite de 4 minutos gratis y después te empezaba a cobrar 8 pesos por pulso, pequeño dato que la limitada vendedora jamás te contó.

Para peor, el servicio de internet que también te brinda el grupo y por el cual te decidiste a comprar después de un arduo estudio comparativo con los competidores, en lugar de banda ancha de 1 mega, como acordaron, te puso la conexión más lenta del mundo. Osaste darlo de baja pero es más fácil encontrar a Yabrán que te desvinculen como cliente. ¿Y todo por qué? Porque no leíste la letrita cuerpo 6, que ni la mujer biónica pudo percibir, que decía al final del contrato que eras su rehén!! Detalle minúsculo que el empleado omitió aclararte cuando firmaste después de haber escuchado su discurso de venta por más de tres horas.

La omisión por ignorancia o estupidez no es la única causa. Es peor aún al que le encanta decirte una cosa por otra. “No hay problema, con fotocopia del dni alcanza no necesitás ningún otro papel ni una boleta pagada de servicio, nada”, afirma la empleada del video club, pero cuando quiero asociarme me faltaba el servicio a mi nombre. ¿Qué necesidad entonces de abrir la boca y dar mal la información? Si no sabe no cante!!!

Creo que el tema de escatimar información tiene mucha importancia porque influye en la valoración del tiempo, de la capacidad resolutiva, de la paciencia del otro. Ahora trato de adelantarme siempre, pero alguna vez caigo de nuevo en su trampa, es imposible preveer todo.

Mi propósito, entonces, es pedirle a aquellos escatimadores natos de información importante que por favor se apiaden un poco de sus víctimas y provean alguna vez la data completa de una y no de a puchitos, para que vivamos realmente en una sociedad del conocimiento.

martes, 7 de abril de 2009

Secretos del armario


Abrís el armario y te quedás colgada mirando, mirando, y nada. Al cabo de unos diez minutos de fuga no llegaste a ninguna conclusión y aún seguís con la vista clavada el cúmulo de ropa. Cuando estabas a punto de manotear la típica vestimenta uniforme, ese conjunto que te salva siempre que no querés pensar y que sabés te queda bien,  tu novio te apura porque llegan tarde a la cena y en ese instante te arrepentís de la decisión y te dejás consumir por la duda. Querés cambiar. 

Hoy tenés un humor de renovación pero no encontrás algo que te satisfaga. Finalmente lanzás el clásico “no tengo que ponerme”. Él te mira con cara de desorbitado “mi amor… ¿cómo que no tenés qué ponerte? El placard explota…”  Vos reafirmás tu sentencia como si reasegurarla te exonerara de parecer una loca: “en serio, ¿no ves que no tengo qué ponerme?” 

La realidad es que en tu afán por no tirar nada guardaste el enterito que usabas en la primaria; las bucaneras con la pollera escocesa y los borceguís que te acompañaron en los asaltos; el jean elastizado (que ya no te entra ni en una pierna) junto al chaleco también de jean –por si se vuelven a usar-; el vestido negro (que ahora es un negro ratón) que te pusiste para conquistar a tu novio en la primera cita, y en las 30 que le siguieron; el pantalón palazzo porque es un clásico pero de tan clásico tiene el corte a la cintura que hoy en día no soportás usar ni diez minutos acostumbrada a al tiro bajo; la musculosa verde que te pusiste hasta el cansancio y por un momento muchos llegaron a dudar si no era parte de tu piel.

Te invaden los recuerdos de esas épocas cuando hacías estragos con los vestidos bobos de colores estridentes en los boliches de la costa bailando al ritmo de Vilma Palma, cuando te lookeabas con el jopo y los colgantes pacifistas de save the planet, save the whales o peace, cuando hacías equilibrio en las sandalias con 8 cm de plataforma para tener más chances con el bombón del barrio que te sacaba como tres cabezas. “¿Te falta mucho?”, su grito te regresa a la realidad de que mejor empezar a revolver con criterio para poder rescatar algo para ponerte e ir a la cena. 

De influencias ochentosas y noventosas, tu ropa está un poco fuera de la moda actual por más vintage que se use.  Como estás en una situación límite decidís probar con una vestimenta retro pero parecés teletransportada de un video de Bon Jovi  por lo que desistís del conjunto. 

El vestido negro ratón ni hablar y la ropa que vestís usualmente te hace recordar al trabajo, además que te entristece el hecho de verte siempre con lo mismo. Cuando elegís la remera no te pega  con el único  jean decente para salir (porque los otros están ultradesgastados, tienen una mancha de lavandina, o no te entran) y cuando lográs una combinación equilibrada entre la parte de arriba y la de abajo es obvio que no tenés qué encajarte en los pies. 

Tu humor se torna irascible ante lo cual tu pareja no aporta mejor acotación que “y bueno si te hacía falta un jean o una remerita negra ¿por qué no te compraste?” Porque estuve trabajando, cuando no estaba preparando algo para cenar, paseando al perro, pagando las expensas, o recogiendo tu traje para el casamiento de mañana en la tintorería, pensás vos para tus adentros mientras le arrojas una mirada de rayos x que él ya bien conoce por lo que decide alejarse y evitar cualquier nuevo comentario.    

La desesperación te comienza a ganar, ya pasó más de una hora y media y vos seguís en ropa interior indagando qué ponerte, con más incertidumbres que el panorama económico del país y con la convicción de que seguís sin tener qué ponerte.

Resolvés omitir tus ganas de vestirte diferente al caer resignada en el uniforme. Sin embargo, al día siguiente te ponés en campaña y comenzás a separar la ropa que ya no te cabe y pueda servirle a otra persona. Regegalás casi todo. Ahora sí que no tenés  qué vestir excepto por los dos o tres conjuntos  básicos que siempre te salvan. Porque por más que renueves el stock en general  terminás por vestirte con lo mismo y para caer nuevamente en el fastidioso e ineludible  “no tengo qué ponerme”.   

jueves, 5 de marzo de 2009

El peluquero: ¿dios o demonio?


El interrogante sigue en pie. ¿Tu peluquero es tu dios o tu diablo? Ir a la peluquería es como practicar un deporte de alto riesgo: podés salir espléndida, salir hecha un desastre, o peor aún, te hacen creer que el riesgo es lo tuyo, que el corte y los reflejos fueron de una performance insuperable, pero en la intimidad de tu casa, tu pareja te suelta el clásico ¡¿qué te hiciste?! Es archiconocida la relación compleja que las mujeres mantenemos con nuestro cabello. Como intermediario de esta relación, el peluquero o en su versión chick, el estilista, es nuestro cómplice, psicólogo, ogro, salvador, chimentero y mucho más.

Cuando fuimos dejadas por un novio, que muy turro después de tres años de amor incondicional se fue con una cinco años menor, antes de sumirnos en una depresión no tenemos mejor idea que ir a la peluquería y cambiar de look, impulsadas por esa absurda creencia que un cambio exterior trae aparejado uno interior. Con las ideas mezcladas y la cara hinchada de tanto llorar que parecemos botoxeadas, vamos al edén de las dejadas: la peluquería.

Nuestro estilista, que ya nos conoce desde hace más de una década, ve nuestra cara descajetada y en lugar de prestar atención al corte y el teñido, ejerce su profesión frustrada de psicoanalista. Entre mecha y tijeretazo, analiza tu caso mientras recuerda una vieja historia suya cuando su ex-pareja lo dejó por otro, un latin lover de publicidades de Campari; una historia que poco tiene que ver con la tuya; pero a esta altura ya todas las clientas se enteraron de que fuiste dejada y se solidarizan con tu drama personal. Otras, que están en la misma que vos porque también acaban de ser dejadas, hacen causa común. Pronto se arma una especie de terapia de grupo en la que no hacemos más que demonizar al género masculino hasta que finalmente cae una novia a hacerse el peinado y todas queremos volver a reconciliarnos con el sexo opuesto. 

Cambiás tu chip. Querés salir a conquistar el mundo, a conocer nuevos candidatos… ¡Pero ni eso! Ahora no podés ni siquiera salir a la calle, estás con el pelo fuxia y un corte a lo Mónica Gutierrez que no te favorece, estás pública y oficialmente dejada, y tampoco vas a casarte porque no tenés con quién.

Otro típico caso, es ir a la peluquería a causa del aburrimiento. No tenés nada que hacer y literalmente te la agarrás con tu cabellera. El peluquero desconocido, porque era el único que tenía turno cuando intempestivamente se te dio por cortarte, se aprovecha de tu grado de entrega y aburrimiento y te propone una “creación”. Vos, que querés cortar con la rutina y el tedio de tu día, aceptás. Mientras él te hace un rebajado Savage vos empezás a arrepentirte de tu riesgosa decisión, ya no sabés cómo parar esos tijeretazos, y no te queda otra que autoafirmar la famosa frase, “no hay problema, total el pelo me crece rapidísimo”. Después de una tormenta de pelos volando, te seca el pelo y te lo eleva tanto que parecés la pantera rosa recién salida del secarropa. Te da un giro de 360 en la silla en la que te mantuvo cautiva y te pasa el espejito orgulloso para que mires cómo te quedó atrás. Es un crimen premeditado contra tu pelo, pensás, pero no tenés otra que salir corriendo lo más pronto de ahí y pensar dos veces antes de agarrártela de nuevo con tu cabellera cuando estés aburrida. 

Entre las muchas causas por las que una va a la peluquería, no puedo dejar de mencionar la importancia de cultivarse con las revistas de chimentos. En general, las mujeres excusamos un baño de crema, un baño revitalizante o un brushing para nutrirnos de chimentos. Disfrutamos poniéndonos al día del último escándalo amoroso del verano, el divorcio de Pampita, o de la guerra entre las protagonistas de alguna serie. Criticamos vestimentas y peinados como si fuéramos diseñadoras expertas criticando famosas en la alfombra roja de los oscars; y sin darnos cuenta salimos con el pelo más artificial jamás visto, que se mueve por bloques con el viento, tipo publicidad de sedal. 

También está el típico caso de voy renegada, voy porque no me queda otra, porque ese nido de caranchos ya no da para más. Te sometés a cortarte esa larga y hippie cabellera, y le decís “las puntas nada más, como para darle forma”. Dependiendo del humor con que se despertó el peluquero, puede hacerte caso o raparte. En la mayoría de los casos, las mechas largas entran a caer así como un pelotón que es aniquilado, en el piso y vos quedás estilo el pelado cordera de Bersuit.

Sin embargo, muchas veces nuestro peluquero es un Dios todopoderoso, a decir verdad muchas de las veces. Cuando te hizo ese flequillo de costado, o ese corte bien alocado o la permanente; que te renovó y parecías otra persona, resaltando tus virtudes y escondiendo tus defectos. O aquel peinado que te hizo para el casamiento de tu hermana cuando lucías como una reina. 

Cuando después de explicarle cualquier cosa, te interpretó y te hizo un color de pelo que permitió tapar ese naranja zanahoria que portabas después de haberte hecho la loca y quererte teñir vos sola con las tinturas para aficionadas.

Todas tenemos nuestra relación de amor-odio al peluquero. A veces caí en manos salvadoras y otras en manos asesinas y vengadoras. Sólo espero que la próxima vez que me vaya a cortar el peluquero tenga un buen día y sus planetas estén alineados.

martes, 23 de diciembre de 2008

La contienda del verano: Papá Noel vs. Los Reyes Magos


Cuando era chica una amiga del jardín me preguntó una vez “¿a quién preferís a Papá Noel o los Reyes Magos?” Fue como que me preguntaran, a quién querés más ¿a mamá o a papá? ¡Imposible decidirse! Entonces con toda mi inocencia le respondí que a los dos. Ella categórica, como suelen ser los niños en la infancia, me dijo: “No vale, tenés que elegir a uno. Sí o sí”.

Tendría apenas unos 5 años y ya me enfrentaba con un dilema existencial, al menos para ese entonces. La vida me ponía enfrente una de las más difíciles decisiones. En ese momento recuerdo que me decidí por Papá Noel, supongo porque era al que más conocía, porque me ha venido a visitar a mi casa y lo he visto, a diferencia de los reyes que vinieron y nunca los vi.

Pasó el tiempo, crecí, hice nuevos amigos, adopté nuevas creencias, cambié opiniones, y en consecuencia me pregunto ¿hoy a cuál elegiría?

Es verdad que Papá Noel o Santa Clauss, como también se lo conoce, es más marketinero, más canchero: es la cara oficial de coca-cola; se viste de rojo y blanco sin miedo a que se le marquen los kilos demás; viene del polo norte, por lo que seguro practica mucho snoword y esquí; y lo más importante es que tiene un super trineo mágico tirado por renos voladores comandado por uno de ellos: Rodolfo.

Quizá le juega en contra el tema de la edad, que ya está grande para trabajar de noche, hacer tanta recorrida, y sobre todo ya no está tan ágil a la hora de colarse por las chimeneas de las casas para dejar los regalos y encima después queda muy contracturado. Hay que enfrentar el hecho de que ya está en edad de jubilarse… También el tema de que es un empresario dueño de la fábrica de juguetes más grande del mundo, que está a cargo de muchísimos duendes empleados, le genera una presión que a esa edad es poco recomendable. Por otro lado, tiene un gran carisma: es el típico gordito simpaticón.

Los Reyes Magos no son tan populares pero forman un buen equipo de tres. Tienen nombres glamorosos: Melchor, Gaspar y Baltasar (como el hijo de Valeria Mazza); y lucen unas vestimentas orientales con mucha onda. Perfectamente podrían hacer las campañas publicitarias de United Collors of Benetton (cada rey mago representa un continente: África, Europa y Asia). Los tres son altos, jóvenes, solteros y ricos, condiciones que los vuelven apetecibles para las muchas chicas solteras que andan dando vueltas. Además, saben de magia, una profesión que puede dar sus buenos billetes si se instalan en Plaza Francia con un puestito.

La falta de un buen medio de transporte, en lugar de los pobres camellos que terminan exhaustos cada vez que deben cruzar el desierto, es un problema. También, la falta de un gps para que la terminen con el método de seguir la estrellita de Belén.

En fin, la decisión sigue siendo difícil porque tanto Papá Noel como Los reyes Magos, te traen regalos sólo si te portás bien y ambos son difíciles de sobornar. Entonces ¿a cuál de los dos elegir? En esta oportunidad, ya soy grande, y puedo decir que pasó, pero vos ¿por quién te jugarías?

martes, 16 de diciembre de 2008

¿Es peor que te deje por otra o por otro?


Abrazada a un kilo de helado, en joggineta y mirando la típica comedia romántica yanki, cual Briget Jones, lloraba mi abrupta soltería no elegida cuando  mis amigas vinieron a mi rescate apenas se enteraron de la noticia. Sí, fui dejada. Después de una larga charla, una picada y algunos vinos, me convencieron para que abandonara ese estado larvario. Me aleccionaron sobre mi valor como mujer, que tenía que cagarme en todos los hombres y sobre todo en él, que no podía dejarme caer y que lo mejor era salir, divertirnos y hacer noche de chicas. Tenía que hacerlo por mi honor.

Al principio me hice rogar un poco, pero ya después de un grado etílico importante acepté mi destino, me vestí con lo mejor y más original de mi placard y partimos.

La venía llevando bastante bien hasta que me encontré con algunos de sus conocidos. Como era de esperar me preguntaron por su paradero y les tuve que contar que acabábamos de pelearnos mientras sus caras se iban transformando por haber metido la pata. A pesar del incómodo momento, aún me mantenía en pie, piloteándola. Nos tomamos unas cuantas copas más con las chicas, bailamos, charlamos, entonamos (porque estábamos en un cantobar), y justo cuando estaba por cerrar la noche que había remontado mi ánimo y me iba del lugar me cruzo con él.

Tengo la puta mala suerte de cruzármelo a él, que ni a una semana de habernos separado, ya está con otra. Lo peor de todo es que la conocés, es la gatita que tenías atragantada, y encima no tiene gracia. Es más fea que Betty, la de la novela. La bronca te invade, la visión te ciega y de la bronca te vas disparada a tu casa. Las chicas no te quieren dejar sola, tienen miedo de lo que puedas hacer. Se quedan con vos para hacerte el aguante.

El muy hijo de puta te dejó por otra. No podía esperar, se ve que la tenía fichada de antes. “Es un grasa, hubiera esperado un tiempo, es una falta de respeto”, pensás. El grado alcohólico hace que aún te pongas más depre que antes de salir. Tus amigas te consuelan y en medio de la charla surge el tema: ¿qué es peor que te deje por otra o por otro?

Bueno, de antemano sabemos todos que el hecho de que te dejen ya es un garrón. Es mejor dejar, o adelantarse a lo que ya se ve venir y dejarlo antes que él por más que no era tu intención, que ser dejado. En tal caso, con mis amigas todas coincidimos en que es preferible que te deje por ella que por él. Cuando termina para estar con otro te atormentás con preguntas existenciales como: ¿se volvió gay por causa mía?, ¿lo convertí?, ¿en qué pensaba que no me di cuenta? ¿qué tengo que lo hice cambiarse de bando?; a la vez que te cierra, recién ahora, porqué más de una vez lo pescaste in fraganti, queriéndose probar unos tacos o una pollera que dijo lo hacía para divertirse.

Antes que te hagan dudar de tus capacidades como mujer, preferimos que nos deje por otra. El problema es que si nos deja por una diosa, nos vemos como la chica menos agraciada del planeta, pero en seguida nos autoconsolamos con el prejuicio de “será una diosa pero tiene el cerebro de un mosquito y menos onda que pelo lacio”. Bochornoso, en cambio, es cuando, como en mi caso, tiene el tupé de dejarte por una que no es linda y mucho menos tiene gracia. “Si por lo menos se hubiera elegido un minón, bueno hasta lo vería más razonable… ¡¿ pero ponerse a salir con ese adefesio? ¿Y comprometerse?!”, repetís indignada.

Otro tema es cuando lo ves a la semana siguiente saliendo, un viernes con una rubia, y después te enterás por una amiga que el sábado salió con un morocho, y estuvo en ambos casos, a los besos estilo boa constrictora. Entonces la peor conclusión: sos un disparador de posibilidades. 

Finalmente, lo cierto es que si te deja para ponerse a salir con otro, con otra, o incluso con cualquiera de las dos opciones indistintamente, lo vas a querer matar igual. A nadie le gusta que lo dejen, sin embargo vos ¿qué preferirías?